¿Qué le sucede a nuestro cerebro en el espacio? La sorprendente verdad revelada por los científicos

¿Qué le sucede a nuestro cerebro en el espacio? La sorprendente verdad revelada por los científicos

Durante miles de millones de años de evolución, el cuerpo humano se ha adaptado a la gravedad de la Tierra. Por ello, al inicio de la era espacial, los científicos se planteaban una pregunta crucial: ¿qué ocurre en el cuerpo humano, y especialmente en el cerebro, en condiciones de ingravidez? ¿Se altera la circulación sanguínea, se degradan los huesos o el cerebro sufre efectos graves?

A finales de la década de 1950, experimentos con ratones, arañas y perros demostraron que los organismos vivos podían sobrevivir en el espacio. Más tarde, los vuelos tripulados probaron que el ser humano no solo podía sobrevivir, sino también adaptarse a este nuevo entorno.

El astronauta de la Agencia Espacial Europea (ESA), Luca Parmitano, destaca que el cuerpo humano cambia significativamente en pocas semanas en el espacio. Según él, el rostro se redondea, las piernas se afinan y uno siente su cuerpo de manera totalmente distinta. Parmitano considera esto una adaptación natural del organismo a la ingravidez.

Sin embargo, el espacio afecta no solo a los músculos y huesos, sino también al cerebro. En la Tierra, cada movimiento implica vencer la gravedad, algo que ya no es necesario en el espacio. Como resultado, los huesos pierden calcio, los músculos se debilitan y el corazón experimenta cambios. Además, al desplazarse los fluidos corporales hacia la parte superior, el rostro de los astronautas parece hinchado.

Por eso, los astronautas de la Estación Espacial Internacional deben ejercitarse unas dos horas diarias. A pesar de ello, tras un vuelo de seis meses, los astronautas no pueden salir solos de la cápsula y deben ser trasladados en camillas. A veces, se requieren hasta cuatro años para que sus huesos se recuperen por completo.

Un astronauta realiza una investigación dentro de la Estación Espacial Internacional.

Según los expertos, el órgano más importante es el cerebro. Alessandro Alcibiade, cirujano de vuelo de la ESA, afirma que si el ser humano no viaja al espacio con un cerebro sano y eficiente, toda la preparación pierde su sentido.

Hasta la fecha, las investigaciones sobre el impacto del espacio en el cerebro se han limitado a un pequeño grupo de astronautas. Por ejemplo, el astronauta estadounidense Scott Kelly pasó un año en la Estación Espacial Internacional, mientras que su hermano gemelo, Mark Kelly, permaneció en la Tierra. Los resultados mostraron que las capacidades cognitivas de Scott no sufrieron cambios mayores durante el vuelo, pero disminuyeron durante unos seis meses tras su regreso a la Tierra.

Recientemente, Frontiers in Psychology en un nuevo estudio publicado en la revista, investigadores de la Universidad de Birkbeck en el Reino Unido analizaron 15 estudios de neuroimagen con 377 participantes, incluyendo astronautas y voluntarios que simularon condiciones espaciales en la Tierra.

Según los científicos, en condiciones de ingravidez, el cerebro humano se readapta física y funcionalmente. Se producen cambios especialmente en las áreas responsables del movimiento, el equilibrio, la orientación espacial y la percepción corporal. Esto demuestra que el cerebro humano toma la gravedad como una señal externa constante en la que se apoya.

La profesora Elisa Raffaella Ferrè señala que incluso para levantar una taza de café, el cerebro tiene en cuenta automáticamente la gravedad terrestre. En el espacio, este mecanismo debe ser «recalibrado».

Aunque esta adaptación es necesaria para los astronautas, requiere tiempo. Los científicos lo observaron con los participantes del programa Apolo. Sus movimientos en la Luna eran torpes e inestables, no solo por los trajes pesados, sino porque su cerebro aún no estaba totalmente adaptado al nuevo entorno gravitatorio.

Una mujer con mascarilla ayuda a un astronauta con traje espacial a ponerse el casco.

Este tema será aún más crucial en las futuras expediciones a largo plazo a la Luna y Marte. Por ejemplo, tras ocho meses de vuelo a Marte, los astronautas estarán totalmente adaptados a la ingravidez. Pasar luego a la gravedad marciana, tres veces menor que la de la Tierra, podría plantear graves dificultades para el aterrizaje, los desplazamientos y la toma de decisiones.

Para resolver este problema, los científicos consideran que las naves espaciales giratorias que crean gravedad artificial o los sistemas de fuerza centrífuga son la mejor solución. Sin embargo, estas tecnologías son extremadamente costosas.

Paralelamente, la profesora Ferrè desarrolla nuevos métodos para estimular las zonas cerebrales sensibles a la gravedad mediante impulsos eléctricos leves. Los investigadores confían en que estas tecnologías ayudarán al ser humano a adaptarse más rápidamente a los nuevos entornos espaciales.

Los expertos afirman que el viaje espacial no es solo uno de los mayores desafíos científicos de la humanidad, sino también una oportunidad inigualable para comprender mejor el funcionamiento del cerebro humano y su adaptación al entorno.

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